Casi todo el mundo conoce al personaje de Lino y su manta.  La arrastra por todas partes, mordisqueándola o abrazándose a ella cuando las cosas se ponen feas.

  Los objetos que fomentan la sensación de seguridad, como las mantas, forman parte del sistema de apoyo emocional de todo niño durante sus primeros años de vida.

Es posible que tu hijo no elija precisamente una manta.  Tal vez prefiera un peluche o incluso el cinturón de la bata de mamá.  Probablemente tu hijo hará su elección entre los ocho y los doce meses de edad y conservará ese objeto especial durante años.  Cuando este cansado le ayudará a conciliar el sueño.  Cuando este lejos de ti le ayudará a sentirse como en casa.

Estos objetos especiales se denominan “objetos de transición”, porque ayudan a los niños a hacer la transición emocional de la dependencia a la independencia.  Funcionan, en parte porque son agradables al tacto: son suaves, blandos y mullidos.  También son efectivos debido a la sensación de familiaridad que transmiten: tienen el aroma de lo conocido y traen recuerdos del bienestar y la seguridad de su propia habitación.  Por ello, transmiten la sensación de que todo va a ir bien.

Contrariamente a los mitos populares, estos objetos no son una señal de debilidad o inseguridad y, por lo tanto, no hay porque evitar que tu hijo los use.  De hecho, los objetos de transición pueden ser tan útiles que quizá quieras ayudar a tu hijo a elegir uno e incluirlo en el ritual de la hora de acostarse.  Desde el principio intenta tener una manta pequeña y suave o un juguete pequeño en la cuna de tu hijo. Es posible que al principio lo ignore, pero si siempre esta ahí, terminará por tomarlo en algún momento.

A los padres les preocupa el hecho de que los objetos de transición fomenten chuparse el dedo y, de hecho, a veces lo hacen (aunque no siempre).  Pero, es importante tener presente que chuparse el dedo es una forma normal y natural que tienen los niños pequeños de tranquilizarse.  Gradualmente, tu hijo irá dejando tanto los objetos de transición como el hábito de chuparse el dedo, a medida que madura y encuentra otras formas de afrontar el estrés.

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